El modelo tradicional de agricultura, que ha sostenido durante décadas la producción de alimentos, ya no es suficiente para afrontar el conjunto de desafíos que afronta hoy en día el sector. El negocio agrario se encuentra, por tanto, entre adaptarse con rapidez a un entorno cada vez más incierto o correr el riesgo de perder competitividad. Es con el fin de superar estos retos que nació la agricultura de precisión, que apoyada en la Inteligencia Artificial, es una vía clara para dar respuesta a los problemas que perjudican al sector agrario europeo.
Los frentes abiertos de la agricultura moderna
El campo debe hacer frente a una combinación de varias crisis, siendo la primera de ellas y más evidente, la climática. El impacto económico del cambio climático es real, y según datos de la Unión Europea, se estima que las pérdidas directas rondan los 28.000 millones de euros al año, y las previsiones apuntan a que esta cifra podría superar los 40.000 millones para 2050 si no se toman medidas. En España, factores como la sequía suponen por sí solos un coste de alrededor de 1.500 millones de euros anuales. De entre estos datos, el más preocupante es que solo entre el 20% y el 30% de esas pérdidas cuentan con cobertura de seguros, dejando a muchas explotaciones agrarias en una situación de vulnerabilidad que se repite con cada campaña.
La falta de mano de obra es otro de los problemas que afectan a la agricultura en nuestro país. En España escasean perfiles clave necesarios para llevar a cabo las tareas habituales del campo, y gran parte de los agricultores coinciden en que este problema ya tiene una gravedad similar a la de la sequía. Las causas que han llevado a esta situación son bastante claras; el sector no cuenta con un relevo generacional establecido, y la mayor parte de la población agrícola esta envejecida. Como consecuencia, se hacen frecuentes los retrasos en las labores del campo, que derivan en pérdidas económicas y una menor competitividad frente a otros países.

El último de los grandes problemas es el normativo y social. Habitualmente, se exige al sector agrario producir más con menos, y hacerlo siempre de manera sostenible. Los agricultores, además, se ven forzados a reducir el uso de fertilizantes en sus cultivos, puesto que así lo indican las normativas europeas como la PAC. Es complicado gestionar esta situación, y el agricultor promedio se encuentra en un punto entre la necesidad de rentabilidad, y la obligación de reducir el impacto ambiental.
Innovación tecnológica como respuesta estratégica
La unión de los problemas mencionados en el punto anterior hace que quedarse quieto no sea una opción, y con el fin de gestionarlos de una forma más eficiente, la tecnología aplicada al campo representa una de las mejores respuestas estratégicas que se pueden tomar en la actualidad. España se ha vuelto un referente europeo en este ámbito, contando con más de 750 empresas dedicadas a soluciones agrotech, por encima de países vecinos como Francia o Reino Unido.
La clave para un correcto uso de la tecnología está en abandonar la visión homogénea del terreno. La tecnología permite evolucionar hacia una gestión más individualizada, teniendo en cuenta la salud de cada uno de los cultivos. Habitualmente, las empresas de agrotech utilizan drones equipados con diferentes sensores para calcular indicadores como el NDVI, que refleja la salud y el vigor de cada cultivo, ayudando a identificar problemas de agua o nutrientes antes de que se vuelvan visibles.

Una vez que los drones han recogido la suficiente información, esta es enviada a modelos de Inteligencia Artificial entrenados específicamente para el reconocimiento de patrones. De esta forma, es posible actuar rápidamente y de forma localizada, logrando la gestión individual que se persigue.
Impacto en la rentabilidad y medio ambiente
Muchas personas comenten el error de ver la incorporación de estas tecnologías como un gasto más, y no como una inversión en su trabajo. Los beneficios que aporta la Inteligencia Artificial en el sector agrario son varios, y se pueden medir con claridad en términos económicos y medioambientales.
Uno de los más evidentes es el ahorro en agua. El análisis de datos procedentes de drones y sensores hace posible regar únicamente donde y cuando resulta necesario. Esta gestión precisa genera ahorros que pueden ir del 20% al 30% en sistemas de riego variable, pero que pueden alcanzar hasta un 90% cuando se emplean drones para aplicaciones de aspersión.

Otro punto clave es la reducción en el uso de insumos. Con los mapas de prescripción que se generan a partir de datos, las máquinas pueden aplicar fertilizantes de forma selectiva, suponiendo un ahorro cercano al 30% en estos productos. Existen incluso tecnologías aún más avanzadas, como los robots con visión artificial capaces de eliminar malezas mediante láser, que ayudan a disminuir el uso de productos químicos hasta en un 90%. El agricultor, gracias a estas ventajas, logra reducir significativamente los costes operativos y, al mismo tiempo, cumplir de una forma más sencilla con las exigencias medioambientales.
El futuro de la agricultura europea no se define solo por resistir a la sequía, a la falta de mano de obra o a las exigencias normativas. El sector agrario debe ser capaz de anticiparse y transformar los problemas en oportunidades. Actualmente, la tecnología necesaria ya está disponible, y los beneficios que trae consigo son más que evidentes. Integrarla en las explotaciones agrícolas es una cuestión de supervivencia en un mercado global cada vez más exigente.




